
Año
tras año, dura pugna mediante, Japón y
España se alternan en el primer puesto de la
lista de países más ruidosos. Ora son
los nipones quienes cobran ventaja, ora los españoles
quienes producen mayor estruendo. Así lleva tiempo
la cosa, sin que se vislumbre solución de continuidad
o remedio a tal lacra. Porque acaso por costumbre, fatalismo
o autocomplacencia, no parece que tan oprobioso galardón
haga mella en la ciudadanía o impulse a las autoridades
a poner enmienda. Y es que si bien se desarrolló
recientemente una completa Ley del ruido auspiciada
por las recomendaciones comunitarias y el mandato constitucional
de proteger la salud-, su aplicación es complicada,
a menudo laxa, y no se cuenta con la concienciación
cívica que ayudaría a su eficacia.
Aunque definir con exactitud qué es el ruido
pueda resultar difícil, su noción es intuitiva
para la mayoría de personas: se trata de todos
aquellos sonidos indeseados, molestos y perturbadores.
Sus fuentes son múltiples: obras, tráfico,
procesos industriales, aunque también conversaciones
mantenidas a gritos, barullos callejeros, músicas
a volúmenes intempestivos e innumerables otros.
Y muchos, huelga decirlo, evitables o fáciles
de reducir con la voluntad adecuada.
Pero quizás porque sus efectos no parecen tan
directos como los de otros tipos de insalubridades y
contaminaciones, y sin duda por un factor cultural,
los niveles de tolerancia, indulgencia y desconsideración
a este respecto de los españoles son muy preocupantes.
Porque el ruido es un problema de salud pública
de primera magnitud, y así lo ha considerado
la Organización Mundial de la Salud cuando ha
elaborado sus informes acerca de los dañinos
efectos de este fenómeno.
Entre los descritos destacan el malestar general que
provoca en los afectados que toma forma de mal
humor, fatiga psicológica, ansiedad, furia o
sentimiento de desamparo-, trastornos del sueño,
ya sea por la dificultad en conciliar el sueño,
por interrumpirlo o por hacerlo de poca calidad, e incluso
daños al oído cuando se superan, y no
es infrecuente, ciertos límites.
Todo ello se traduce también en dificultades
para la concentración y el rendimiento en la
actividad que cada uno desempeñe, estrés,
bajada de los niveles de atención con las
peligrosas consecuencias que ello puede comportar- y,
según han documentado especialistas en la materia,
trastornos mentales tan graves como neurosis, manías
y cambios en la conducta o enfermedades cardiovasculares.
En última instancia, todo ese cuadro repercute
negativamente en una sociedad, primero por hacerla inhóspita,
agresiva, desasosegada, con tendencia a los conflictos,
y en segundo lugar por los gravámenes económicos
que el mal descanso y la pertinente desatención
comportan para cualquier actividad productiva.
Por todo ello, una necesidad imprescindible para vivir
sano es combatir el ruido. Ser más conscientes
y cuidadosos con el que nosotros producimos, y también
menos condescendientes y más rigurosos con los
de los demás. Ser también exigentes con
el estricto cumplimiento de las normativas y pedir a
las autoridades que se esfuerzan en solventar los excesos
más flagrantes. Saber que hay unos derechos que
nos amparan (o por lo menos que exigir que se cumplan
es un primer paso para que su amparo sea efectivo) y
que el rechazo social hacia los que no cumplen unas
elementales normas de urbanidad, y se regodean sin rubor
ni tasa en producir estruendo, puede ser un método
eficaz para ir poniendo en vereda a los vándalos,
inconscientes y antisociales que contaminan nuestro
ambiente.
Nos va la salud en ello y tenemos derecho a conservarla.