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Contra la amenaza del ruido
02/08/2006

Año tras año, dura pugna mediante, Japón y España se alternan en el primer puesto de la lista de países más ruidosos. Ora son los nipones quienes cobran ventaja, ora los españoles quienes producen mayor estruendo. Así lleva tiempo la cosa, sin que se vislumbre solución de continuidad o remedio a tal lacra. Porque acaso por costumbre, fatalismo o autocomplacencia, no parece que tan oprobioso galardón haga mella en la ciudadanía o impulse a las autoridades a poner enmienda. Y es que si bien se desarrolló recientemente una completa Ley del ruido –auspiciada por las recomendaciones comunitarias y el mandato constitucional de proteger la salud-, su aplicación es complicada, a menudo laxa, y no se cuenta con la concienciación cívica que ayudaría a su eficacia.

Aunque definir con exactitud qué es el ruido pueda resultar difícil, su noción es intuitiva para la mayoría de personas: se trata de todos aquellos sonidos indeseados, molestos y perturbadores. Sus fuentes son múltiples: obras, tráfico, procesos industriales, aunque también conversaciones mantenidas a gritos, barullos callejeros, músicas a volúmenes intempestivos e innumerables otros. Y muchos, huelga decirlo, evitables o fáciles de reducir con la voluntad adecuada.
Pero quizás porque sus efectos no parecen tan directos como los de otros tipos de insalubridades y contaminaciones, y sin duda por un factor cultural, los niveles de tolerancia, indulgencia y desconsideración a este respecto de los españoles son muy preocupantes. Porque el ruido es un problema de salud pública de primera magnitud, y así lo ha considerado la Organización Mundial de la Salud cuando ha elaborado sus informes acerca de los dañinos efectos de este fenómeno.
Entre los descritos destacan el malestar general que provoca en los afectados –que toma forma de mal humor, fatiga psicológica, ansiedad, furia o sentimiento de desamparo-, trastornos del sueño, ya sea por la dificultad en conciliar el sueño, por interrumpirlo o por hacerlo de poca calidad, e incluso daños al oído cuando se superan, y no es infrecuente, ciertos límites.

Todo ello se traduce también en dificultades para la concentración y el rendimiento en la actividad que cada uno desempeñe, estrés, bajada de los niveles de atención –con las peligrosas consecuencias que ello puede comportar- y, según han documentado especialistas en la materia, trastornos mentales tan graves como neurosis, manías y cambios en la conducta o enfermedades cardiovasculares. En última instancia, todo ese cuadro repercute negativamente en una sociedad, primero por hacerla inhóspita, agresiva, desasosegada, con tendencia a los conflictos, y en segundo lugar por los gravámenes económicos que el mal descanso y la pertinente desatención comportan para cualquier actividad productiva.

Por todo ello, una necesidad imprescindible para vivir sano es combatir el ruido. Ser más conscientes y cuidadosos con el que nosotros producimos, y también menos condescendientes y más rigurosos con los de los demás. Ser también exigentes con el estricto cumplimiento de las normativas y pedir a las autoridades que se esfuerzan en solventar los excesos más flagrantes. Saber que hay unos derechos que nos amparan (o por lo menos que exigir que se cumplan es un primer paso para que su amparo sea efectivo) y que el rechazo social hacia los que no cumplen unas elementales normas de urbanidad, y se regodean sin rubor ni tasa en producir estruendo, puede ser un método eficaz para ir poniendo en vereda a los vándalos, inconscientes y antisociales que contaminan nuestro ambiente.

Nos va la salud en ello y tenemos derecho a conservarla.
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