
Sucesivos
estudios delatan que dormimos menos que la media de
los europeos de otros estados, que padecemos mayores
niveles de ruido y que nuestras jornadas laborales son
más largas, con lo que el buen descanso no parece
una de nuestras mejores bazas. Tanto es así que
la simple fatiga, sin razones específicas, es
una de las quejas más comunes de la población.
Se trata, simplemente, de nuestra forma de vida.
En beneficio de la salud pública podría
convenir poner enmienda a esos malos hábitos,
aunque se trataría de una reforma de las costumbres
realmente compleja y que implicaría a muchos
agentes.
En todo caso, para llevar una vida sana, tratar de respetar
las horas de sueño necesarias debe ser un norte,
y si ciertas circunstancias nos han impedido atender
a nuestro propio reposo, la prioridad será recuperarlas
lo antes posible, aun con sacrificio de otras actividades
que siempre podemos postergar.
Sin embargo, hay muchas personas que no pueden elegir
tan frescamente cuando duermen y cuando se propasan
un poco, porque padecen un problema que recibe catalogación
de enfermedad: el insomnio. El insomne no es aquel a
quien le cuesta un poco conciliar el sueño cuando
se acuesta o a quien le bastan seis horas para estar
repuesto y se levanta porque ya no está a gusto
en la cama. Se trata de una persona a quien le resulta
imposible dormir, o que duerme poco y mal contra su
voluntad.
De hecho, hay tipificados varios tipos de insomnio.
Nos encontramos con el de aquellos que no pueden pegar
ojo cualesquiera que sean sus circunstancias físicas,
con el de quienes lo consiguen cuando ya están
agotados de intentarlo y sólo alcanzan sueños
ligeros, con interrupciones y de mala calidad, y con
el de personas que pese a dormirse sin problemas lo
hacen de forma entrecortada y jamás arriban a
los estratos más profundos y reparadores del
sueño.
Los perjuicios del insomnio no son baladíes.
Además de la frustración que provoca la
situación, están los gravámenes
del cansancio que el escaso sueño causa a nuestro
cuerpo. Pero, por encima de todo, hay que considerar
la fatiga mental, que acaba teniendo ramificaciones
varias: irritabilidad, incapacidad de concentración
y general disminución de la agilidad del pensamiento.
Sin tratarse de un problema muy grave o irreparable,
el insomnio debe tomarse más seriamente de lo
que parece y, en caso de sufrirlo, ponerle remedio tan
pronto como se pueda.
La solución no es unívoca y la visita
al médico es la forma más directa de buscar
causas y alivios. Pero de toda manera, hay unos cuantos
preceptos que pueden ayudar a mejorar la situación
o incluso resolverla sin necesidad de pasar por manos
del galeno.
Se trata de mejorar los hábitos de sueño:
buscar una regularidad en las horas de acostarse y levantarse,
tratar de relajarse antes de irse a la cama con actividades
sosegadas lectura, una ducha, un corto paseo-
y evitar los estimulantes (tabacos, alcoholes, etc.)
en la hora anterior a ese momento. Por supuesto, una
cena pesada o la acumulación de preocupaciones
no facilitan la labor, por lo que es muy recomendable
la frugalidad nocturna, así como reservar algo
de tiempo para distraerse y lograr un poco de paz.
Algunas personas recurren a los somníferos, pero
se trata de una ayuda que puede ser contraproducente,
dado que llegan a provocar dependencia, y sólo
se consideran adecuados para usos esporádicos
y para alivio en situaciones muy concretas. Los relajantes
naturales del género de la tila son, en estos
casos, mucho menos arriesgados.
También se están probando con buenos resultados
terapias cogninitivas que evitan tener que recurrir
a medicamentos y que ayudan a volver a dormir bien de
forma natural. Y eso, como bien saben quienes han sufrido
episodios de insomnio, es un bien que no tiene precio.
Si se ha tratado en vano de solventar el problema por
medios propios, la visita al médico es un recurso
que no hay que desdeñar, porque el remedio puede
ser más fácil y menos desagradable de
lo que parece.