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Mientras los demás duermen...

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Mientras los demás duermen...
23/08/2006

Sucesivos estudios delatan que dormimos menos que la media de los europeos de otros estados, que padecemos mayores niveles de ruido y que nuestras jornadas laborales son más largas, con lo que el buen descanso no parece una de nuestras mejores bazas. Tanto es así que la simple fatiga, sin razones específicas, es una de las quejas más comunes de la población. Se trata, simplemente, de nuestra forma de vida.

En beneficio de la salud pública podría convenir poner enmienda a esos malos hábitos, aunque se trataría de una reforma de las costumbres realmente compleja y que implicaría a muchos agentes.

En todo caso, para llevar una vida sana, tratar de respetar las horas de sueño necesarias debe ser un norte, y si ciertas circunstancias nos han impedido atender a nuestro propio reposo, la prioridad será recuperarlas lo antes posible, aun con sacrificio de otras actividades que siempre podemos postergar.

Sin embargo, hay muchas personas que no pueden elegir tan frescamente cuando duermen y cuando se propasan un poco, porque padecen un problema que recibe catalogación de enfermedad: el insomnio. El insomne no es aquel a quien le cuesta un poco conciliar el sueño cuando se acuesta o a quien le bastan seis horas para estar repuesto y se levanta porque ya no está a gusto en la cama. Se trata de una persona a quien le resulta imposible dormir, o que duerme poco y mal contra su voluntad.

De hecho, hay tipificados varios tipos de insomnio. Nos encontramos con el de aquellos que no pueden pegar ojo cualesquiera que sean sus circunstancias físicas, con el de quienes lo consiguen cuando ya están agotados de intentarlo y sólo alcanzan sueños ligeros, con interrupciones y de mala calidad, y con el de personas que pese a dormirse sin problemas lo hacen de forma entrecortada y jamás arriban a los estratos más profundos y reparadores del sueño.

Los perjuicios del insomnio no son baladíes. Además de la frustración que provoca la situación, están los gravámenes del cansancio que el escaso sueño causa a nuestro cuerpo. Pero, por encima de todo, hay que considerar la fatiga mental, que acaba teniendo ramificaciones varias: irritabilidad, incapacidad de concentración y general disminución de la agilidad del pensamiento. Sin tratarse de un problema muy grave o irreparable, el insomnio debe tomarse más seriamente de lo que parece y, en caso de sufrirlo, ponerle remedio tan pronto como se pueda.

La solución no es unívoca y la visita al médico es la forma más directa de buscar causas y alivios. Pero de toda manera, hay unos cuantos preceptos que pueden ayudar a mejorar la situación o incluso resolverla sin necesidad de pasar por manos del galeno.

Se trata de mejorar los hábitos de sueño: buscar una regularidad en las horas de acostarse y levantarse, tratar de relajarse antes de irse a la cama con actividades sosegadas –lectura, una ducha, un corto paseo- y evitar los estimulantes (tabacos, alcoholes, etc.) en la hora anterior a ese momento. Por supuesto, una cena pesada o la acumulación de preocupaciones no facilitan la labor, por lo que es muy recomendable la frugalidad nocturna, así como reservar algo de tiempo para distraerse y lograr un poco de paz.

Algunas personas recurren a los somníferos, pero se trata de una ayuda que puede ser contraproducente, dado que llegan a provocar dependencia, y sólo se consideran adecuados para usos esporádicos y para alivio en situaciones muy concretas. Los relajantes naturales del género de la tila son, en estos casos, mucho menos arriesgados.

También se están probando con buenos resultados terapias cogninitivas que evitan tener que recurrir a medicamentos y que ayudan a volver a dormir bien de forma natural. Y eso, como bien saben quienes han sufrido episodios de insomnio, es un bien que no tiene precio. Si se ha tratado en vano de solventar el problema por medios propios, la visita al médico es un recurso que no hay que desdeñar, porque el remedio puede ser más fácil y menos desagradable de lo que parece.
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