
Ha
sido denominado el juego-ciencia, pero su progreso tiene
un elemento de suspense: una espesa red de movimientos
y trampas que conducen a un final imprevisible y fatal.
Lo forman un puñado de reglas sencillas que pueden
aprenderse en un rato, pero que permiten desarrollar
infinitas combinaciones y estrategias. Desde sus orígenes
ignotos (¿Indios? ¿Chinos? ¿Árabes?)
ha cautivado la mente de los hombres hasta límites
inverosímiles. La fuerza de su simbolismo bien
lo justifica: dos ejércitos que se baten sin
tregua en un territorio sin escapatoria, y con la propia
inteligencia y determinación como único
camino para vencer. Para muchos llega a tener un carácter
trascendente: El ajedrez es como la vida
dijo en una ocasión el campeón Boris
Spasski. El ajedrez es la vida le
corrigió Bobby Fischer, aún más
entregado en cuerpo y alma al misterio de las 64 casillas.
La práctica del ajedrez ha sido abrazada por
personalidades excepcionales, gente con una capacidad
memorialística, un poder de concentración
y una fuerza de voluntad fuera de lo común: hombres
como Alexander Alekhine, capaz de recordar partidas
que había jugado 10 años antes, o como
David Bronstein, quien una vez se estuvo cincuenta minutos
mirando el tablero antes de mover su primera pieza;
fascinado por la vastedad inabarcable del juego. Entre
los granos maestros, por ejemplo, no es insólito
jugar a ciegas, es decir, jugar simultáneamente
diez, veinte o treinta partidas sin ver el damero de
sus adversarios. La atracción por el juego puede
ser tan subyugante que en algunos casos ha resultado
trágica; una vida reducida a un tejido implacable
de cuadros blancos y negros.
Pero en su vertiente aficionada, sin estos extremos
de tensión y extravío, el ajedrez también
ha disfrutado de una gran salud y de muy buena prensa.
Antes de la irrupción de la televisión
y de otros pasatiempos prefabricados, se jugaba con
pasión en cafés, ateneos y casinos. Excitaba
el espíritu competitivo y, a la vez, incitaba
a la sociabilidad y la camaradería: en el ajedrez
nunca han sido demasiado disculpadas las faltas de urbanidad.
Además, la necesidad de mantener una excelente
forma mental hace que sea muy aconsejable para gente
de todas las edades, pero muy particularmente para aquellos
que pasan de la cincuentena.
Pero todo y su progresivo retroceso en los últimos
lustros, sin olvidar la vigencia y popularidad que mantiene
en lugares como la India o las ex-repúblicas
soviéticas, todavía hay docenas de clubes
y asociaciones que se dedican a su difusión.
Quien quiera iniciarse en la práctica ajedrecística
hará bien en dirigirse a ellos, dado que suelen
tener las puertas abiertas por los recién llegados
y acostumbran a organizar cursillos de todos los niveles.
Aun así, el verdadero eje de la afición
se ha desplazado de una manera determinante en los últimos
años. Su espacio ideal lo ha encontrado en Internet.
La facilidad por encontrar contendientes y las aplicaciones
informáticas que permiten jugar a cualquier hora
del día, la cantidad de recursos almacenados
y la rapidez para acceder a ellos, así como las
comunidades y foros de debate internacionales, han coadyuvado
en esta meteórica expansión. Se encuentran
excelentes muestras en páginas como la pionera
The
Chess Café (enlace en inglés) o el
gran servidor para jugar en línea
kalgan.net
o
Jugarajedrez.com.
Pero cualquier búsqueda internáutica permite
descubrir buena abundancia de webs interesantes.
Así pues, ya no hay excusas para lamentarse de
la falta de amigos con quien jugar o del deterioro de
nuestras facultades al no encontrar tiempo para dejarse
caer por el café o por el club. El ajedrez ha
entrado con paso fuerte en la red de redes, y continúa
allí su enigmático viaje, dispuestos a
fascinar a una nueva generación de jugadores
de todo el orbe.