
Una
de las preocupaciones más inquietantes para los
que entran en la madurez o se acercan a la tercera edad
no es tanto la disminución de ciertas aptitudes
físicas (fuerza, resistencia, agilidad, flexibilidad),
que se acepta con filosófica resignación,
cuanto el deterioro de las facultades mentales, muy
especialmente de la memoria. Pero una buena capacidad
de recordar no sólo depende de la edad, y su
decadencia no es en absoluto fatal e irreversible.
Muchísimos casos prueban que a edades muy avanzadas
se pueden conservar dotes y habilidades que no desmerezcan
de las de personas más jóvenes: es simple
cuestión de conservar la buena forma. Porque
si bien los mecanismos de la retentiva pueden perder
vigor por muchos factores estrés, vida
desordenada y malos hábitos nutricionales, herencia
genética- es la falta de ejercitación
el que más acusadamente lleva a su declive.
La actividad intelectual es el antídoto que más
garantías ofrece contra la oxidación mental.
Algunas personas, por su profesión o aficiones,
lo tienen más sencillo, pero si nos preocupa
la pérdida de memoria y percibimos que no la
ponemos suficientemente en funcionamiento procede buscar
una actividad que nos exija emplearla de forma habitual.
Estudiar una lengua o versarse en alguna disciplina
académica, escribir unas memorias o un cuaderno
de recuerdos, leer y luego recordar lo leído
o contárselo a alguien, adquirir conocimientos
de alguna materia que nos pida memorizar datos y procesos.
Todas son buenas opciones para preservar la fluidez
cerebral. Y aunque a veces se tenga la sensación
de que hubiese resultado una empresa más sencilla
con unos cuantos años menos, la satisfacción
que se obtiene cuando se comprueba lo bien que aun le
funciona a uno el magín a pesar de la edad compensa
de esos momentos de desaliento.
Además, como refuerzo, o en caso de que ninguna
de las actividades arriba descritas sea factible, se
pueden hacer otros tipos de gimnasia mental. Ejercicios
como memorizar una información, una noticia,
un texto, un poema y tratar de repetirla al cabo de
unos días, de una semana y de varias semanas,
hacer la compra sin lista y procurar no dejarse nada,
resolver crucigramas y otros divertimentos enigmísticos,
aprender y no olvidar palabras insólitas o datos
curiosos, etc.
También son muy prácticos ciertos recursos
que nos darán la impresión de recordar
mejor las cosas, los llamados procedimientos mnemotécnicos.
Son trucos como poner en papel las cosas que queremos
recordar, porque al escribirlas se retienen mejor. También
es muy útil desarrollar asociaciones mentales
imágenes o colores que nos remiten a los
conceptos que queremos retener. En añadidura,
un porcentaje muy importante de la información
que guardamos es visual, por lo que cuando nos falle
la memoria nada será más eficaz que vincularla
a una imagen o secuencia de imágenes.
Si nos atenemos a estos principios, y añadimos
a ellos una buena alimentación que no abunde
en grasas saturadas obstructora de las arterias
y causante de mala circulación- y mantenemos
a raya los excesos etílicos el alcohol
afecta a la transmisión neuronal- y cuidamos
que nuestro reposo sea suficiente, no será necesario
atender a la demanda manriqueña del título
de éste artículo: el seso ya lo tendremos
vivo y despierto de oficio.