
Para
llevar una vida sana tan importante es evitar el sedentarismo
o las dietas desequilibradas como un régimen
de vida frustrante y poco satisfactorio. Porque aunque
muchas veces se minusvaloren los aspectos psicológicos
en el cuidado de la propia salud, acaban por ser indisolubles
de los físicos. Una actitud ilusionada y positiva,
que contemple nuevos retos y objetivos de futuro, es
tan determinante como una buena alimentación
y puede influir tanto o más que el mejor de los
ejercicios.
Sin embargo, uno de los problemas que aquejan a las
personas que han entrado en la madurez o se acercan
a la tercera edad es la percepción de que sus
posibilidades de participar y contribuir en la sociedad
se angostan. Además, cuando sobreviene la jubilación,
con frecuencia de carácter anticipado, algunas
personas se consideran a sí mismas como improductivas
y pasan por un periodo de decaimiento y hasta de crisis
existencial. Y este proceso suele agravarse cuando el
afectado se siente realizado con su profesión
o cuando ha dedicado a su trabajo la mayoría
de sus esfuerzos. De súbito, una larga preparación
y una rica experiencia queda desperdiciada. Personas
con mucho que ofrecer y con ganas y energías
para hacerlo son desactivadas, sin que nada lo justifique.
Si bien algunas personas se reponen pronto de este cambio
traumático y encuentran cosas en las que ocuparse
las que no pudieron atender antes por falta de
tiempo- otras siguen lamentando que ese caudal quede
sin aprovechar. Y precisamente por eso, si se les hacen
propuestas adecuadas, su disposición a participar
en programas de voluntariado es muy resuelta. Y es que
una jubilación activa y con implicación
social puede ser una excelente forma de recuperar el
entusiasmo y el dinamismo.
Aunque su desarrollo sea aún primario, algunas
asociaciones y organizaciones sin afán de lucro
han empezado a aprovechar ese potencial y configurar
lo que se ha dado en llamar nuevo voluntariado. Es el
caso de un proyecto tan interesante como el de Secot,
que pone en contacto a economistas, empresarios, ingenieros
y etc. con jóvenes empresas, y ONGs que
no pueden costearse la contratación de asesores
y expertos con ese perfil y que, además, se benefician
de profesionales con una experiencia muy contrastada.
También existen los llamados voluntariados educativos,
por los que estos mayores imparten clases de materias
que por su actividad laboral han dominado a la perfección,
ya se trate de informática, lenguas u oficios.
La asociación MAVAM, por ejemplo, es pionera
en establecer experiencias de este tipo. Los programas
de voluntariado cultural, por su parte, también
han obtenido gran reconocimiento. Mediante los mismos,
personas jubiladas se dedican a enseñar a visitantes
y estudiantes el patrimonio cultural, artístico
y museístico de lugares emblemáticos de
sus ciudades. La Confederación Española
de Aulas de Tercera Edad (CEATE) es la encargada de
coordinar este programa que ha sido repetidamente premiado.
Y, claro está, otras organizaciones tan conocidas
como Cruz Roja o Cáritas ya han empezado a sacar
partido de todo este caudal por descubrir, y que cada
vez será más necesario tener en cuenta
dado el progresivo envejecimiento de nuestras sociedades.
La cuestión es probar, sentirse satisfecho, atreverse
con nuevas experiencias e incluso aventurarse a fundar
otras aun desconocidas.