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Aunque la X no marque el tesoro
21/11/2006

La caza de perdidos tesoros fabulosos y objetos místicos de poderes inverosímiles ha fascinado a la humanidad desde sus albores. El vellocino de oro, el Santo Grial, las tumbas de los faraones o la Fuente Juventa anhelada por Ponce de León han cautivado la imaginación de muchas generaciones de soñadores y casi todos los niños se han estremecido ante la posibilidad de poseer un mapa pirata o han jugado a desenterrar cofres corsarios.

A medio camino entre el juego, el deporte, la virtualidad y la realidad, aquellos que nunca han abandonado esta inclinación por las riquezas emboscadas y las tramas de pasiones, engaños, misterios crípticos y desafíos que cargan, se han ingeniado un nuevo método para continuar disfrutando de sus fantasías. Porque a pesar de aderezarse con la última tecnología y el uso de Internet, el espíritu aventurero es lo más determinante para aficionarse a la practica del geocaching.
Con este nombre inglés se designa el juego de búsqueda de escondrijos mediante un terminal GPS. La mecánica consiste en esconder un objeto (cache, en el argot de los iniciados) en un lugar determinado y después colgar las coordenadas en Internet, para que alguien otro vaya a su encuentro. Quién lo persigue, ha de orientarse siguiendo las indicaciones vía satélite de su equipo e interpretar correctamente las pistas dejadas para hallarlo. Posteriormente, ha de dirigirse a la página web que sirve de punto de reunión de todos los aficionados al Geocaching y demostrar su éxito con algún tipo de documento: a menudo con una fotografía. En otras ocasiones, por ejemplo en la modalidad denominada travel bug, el descubridor tiene que dar un nuevo escondrijo al objeto (lo más corriente es una caja o fiambrera) que se tiene que ir acercando en varias etapas a un destino predefinido.

Entre los datos más sorprendentes del Geocaching, encontramos su rápida expansión -sus orígenes vienen dados por la liberalización civil de los sistemas de posicionamiento terrestre en el año 2000- que hace que hoy haya un número estimado de un cuarto de millón de practicantes por todo el planeta y más de 333.000 geoescondrijos esperando ser profanados.

También sorprende la internacionalidad de la propuesta, que hace que no sea insólito ver a geocachers que atraviesan fronteras para esconder o sorprender tesoros a muchos kilómetros de su lugar de residencia.
Las diversas dificultades de los retos y la variedad de maneras de encararlos es una ventaja añadida a la difusión de este nuevo deporte, pasatiempos o como se quiera considerar. En los casos más elaborados, se combina con otras actividades, como el submarinismo, el barranquismo o la escalada. Pero mucho más habitualmente puede abordarse con un poco de disposición excursionista o, en su vertiente urbana, sin ninguna preparación especial. El tipo humano de geocacher también es extraordinariamente heterogéneo, aunque tiene una fuerte implantación entre padres o abuelos que han encontrado una excelente y económica forma de distraer a los chavales, pasar el día en la naturaleza y practicar ejercicio de una manera muy distraída.

Si de ahora adelante quieren adoptar el papel de Indiana Jones en sus horas muertas, ya lo sabe: sólo necesita un GPS (los más económicos pueden encontrarse por menos de 60 Euros) y estar atento a las novedades de páginas como www.geocaching.com (global y en inglés) o www.geocaching-hispano.com (división en castellano de la página madre). Ahora bien, recuerde la lección básica del célebre arqueólogo cinematográfico: la X nunca marca el emplazamiento del tesoro.
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