
La
caza de perdidos tesoros fabulosos y objetos místicos
de poderes inverosímiles ha fascinado a la humanidad
desde sus albores. El vellocino de oro, el Santo Grial,
las tumbas de los faraones o la Fuente Juventa anhelada
por Ponce de León han cautivado la imaginación
de muchas generaciones de soñadores y casi todos
los niños se han estremecido ante la posibilidad
de poseer un mapa pirata o han jugado a desenterrar
cofres corsarios.
A medio camino entre el juego, el deporte, la virtualidad
y la realidad, aquellos que nunca han abandonado esta
inclinación por las riquezas emboscadas y las
tramas de pasiones, engaños, misterios crípticos
y desafíos que cargan, se han ingeniado un nuevo
método para continuar disfrutando de sus fantasías.
Porque a pesar de aderezarse con la última tecnología
y el uso de Internet, el espíritu aventurero
es lo más determinante para aficionarse a la
practica del geocaching.
Con este nombre inglés se designa el juego de
búsqueda de escondrijos mediante un terminal
GPS. La mecánica consiste en esconder un objeto
(cache, en el argot de los iniciados) en un lugar determinado
y después colgar las coordenadas en Internet,
para que alguien otro vaya a su encuentro. Quién
lo persigue, ha de orientarse siguiendo las indicaciones
vía satélite de su equipo e interpretar
correctamente las pistas dejadas para hallarlo. Posteriormente,
ha de dirigirse a la página web que sirve de
punto de reunión de todos los aficionados al
Geocaching y demostrar su éxito con algún
tipo de documento: a menudo con una fotografía.
En otras ocasiones, por ejemplo en la modalidad denominada
travel bug, el descubridor tiene que dar un nuevo escondrijo
al objeto (lo más corriente es una caja o fiambrera)
que se tiene que ir acercando en varias etapas a un
destino predefinido.
Entre los datos más sorprendentes del Geocaching,
encontramos su rápida expansión -sus orígenes
vienen dados por la liberalización civil de los
sistemas de posicionamiento terrestre en el año
2000- que hace que hoy haya un número estimado
de un cuarto de millón de practicantes por todo
el planeta y más de 333.000 geoescondrijos esperando
ser profanados.
También sorprende la internacionalidad de la
propuesta, que hace que no sea insólito ver a
geocachers que atraviesan fronteras para esconder o
sorprender tesoros a muchos kilómetros de su
lugar de residencia.
Las diversas dificultades de los retos y la variedad
de maneras de encararlos es una ventaja añadida
a la difusión de este nuevo deporte, pasatiempos
o como se quiera considerar. En los casos más
elaborados, se combina con otras actividades, como el
submarinismo, el barranquismo o la escalada. Pero mucho
más habitualmente puede abordarse con un poco
de disposición excursionista o, en su vertiente
urbana, sin ninguna preparación especial. El
tipo humano de geocacher también es extraordinariamente
heterogéneo, aunque tiene una fuerte implantación
entre padres o abuelos que han encontrado una excelente
y económica forma de distraer a los chavales,
pasar el día en la naturaleza y practicar ejercicio
de una manera muy distraída.
Si de ahora adelante quieren adoptar el papel de Indiana
Jones en sus horas muertas, ya lo sabe: sólo
necesita un GPS (los más económicos pueden
encontrarse por menos de 60 Euros) y estar atento a
las novedades de páginas como
www.geocaching.com
(global y en inglés) o
www.geocaching-hispano.com
(división en castellano de la página madre).
Ahora bien, recuerde la lección básica
del célebre arqueólogo cinematográfico:
la X nunca marca el emplazamiento del tesoro.