
La
recomendación de hacer ejercicio figura siempre
en lugar destacado en los decálogos de vida saludable,
y el deporte se considera un complemento idóneo
de la dieta para combatir el sobrepeso y sus efectos.
Una relación muy interiorizada en nuestra cultura
de la salud que, no obstante, se pone periódicamente
en entredicho mediante informaciones sesgadas y medias
verdades.
Según pretenden quienes las difunden, el ejercicio
no sólo no ayuda a perder peso o, como mínimo,
a controlarlo, sino que más bien llega a ser
contraproducente.
¿Los argumentos para estas afirmaciones? Esencialmente
se repiten dos. El primero es bastante capcioso: dado
que el ejercicio provoca un déficit de energía,
las necesidades de consumo de alimentos de nuestro organismo
aumentan y el balance de calorías gastadas-recuperadas
acaba por ser peor que si no se practicara deporte.
El segundo pone el acento en la cantidad escasa de calorías
que hace perder un buen rato de ejercicio. Si bien ambas
aserciones tienen alguna clase de fundamento, ambas
son sesgadas y poco ajustadas.
Porque aunque el gasto que genera la actividad física
puede incitar a comer más, no sólo no
hay pruebas que lo demuestren, sino que no significa
una relación de causa-efecto inexorable. Para
cortar en seco con esta tendencia basta con hacer una
elección correcta de los alimentos (es decir,
estar atentos a su aportación calórico),
así como romper con una cierta servidumbre psicológica
que hace que muchas personas, tras practicar deporte,
se den recompensas gastronómicas, haciendo baldío
el esfuerzo.
La otra pretensión parte de algo no del todo
inexacto para extralimitarse después en las conclusiones.
Ciertamente, la pérdida de peso que conseguiremos
sólo por practicar ejercicio es muy pequeña.
La cantidad de energía que se puede eliminar
con un ejercicio normal de una hora de duración
raramente va más allá de las 500kcal.
Es una cifra no demasiada significativa, y que permite
afirmar que hará falta realmente mucho tiempo
para deshacerse de los kilos extras gracias al deporte
Esto significa que el ejercicio se ha de acompañar
de una dieta adecuada y especialmente pensada para nuestras
necesidades.
Pero el valor del deporte no se puede calcular estrictamente
en estos términos. Primeramente, porque combatir
el sedentarismo durante el seguimiento de un régimen
contribuye enormemente a no perder músculo, ayudándonos
de esta manera a no sufrir un deterioro de nuestra resistencia
física. En segundo lugar, porque un estilo de
vida activo contribuye a no permitir la reducción
de gasto energético del metabolismo en reposo,
una resistencia orgánica que pone en marcha nuestro
cuerpo ante de cualquier dieta. En tercer lugar porque,
una vez hayamos reducido nuestras tallas, se conseguirá
consolidar el nuevo peso mucho más fácilmente
si se hace ejercicio. Y por si no parece suficiente,
hace falta recordar que ciertas reacciones hormonales
y psicológicas cuando practicamos deporte contribuyen
a sentirse mejor.
Así que las excusas más o menos rebuscadas
para entregarse a una vida regalada hará falta
que continúen probando suerte con argumentos
más sólidos. Si quiere bajar peso, haga
ejercicio. Hay mil formas divertidas de cubrir con el
expediente.