
Apenas
hace unos meses se divulgó la preocupante extensión
del
parásito anisakis, morador de las
vísceras de varias especies de pescado y responsable
de trastornos intestinales y alergias cuando se consume
vivo. La única garantía de no contraer
la anisakosis consiste en cocinar el pescado a altas
temperaturas o congelarlo durante al menos un día
y a más de 20 grados bajo cero. El decreto que
reguló la obligatoriedad de estas medidas en
la hostelería levantó quejas entre pescaderos
y restauradores.
Sin embargo, nuevos análisis parecen confirmar
su oportunidad, por cuanto se ha detectado una alta
densidad de ejemplares parasitados en nuestras lonjas.
Hasta un 100% de las vísceras de merluza del
Cantábrico, un 81% de las de bonito grande, un
70% de las de chicharros o el 40,5% de las de sardinas,
según datos de la Unidad de Investigación
Marina de Azti-Tecnalia. Los investigadores del grupo
han puesto también énfasis en el porcentaje
de anchoas que contienen el parásito, un 7,2%,
por el relieve de su ingesta en crudo.
Mientras, la revista Ambio, publicada por la Academia
Sueca de las Ciencias, ha difundido la denominada
Declaración
de Madison. Se trata de un informe elaborado por
expertos en contaminación ambiental y que alerta
de las elevadas
concentraciones de mercurio que
se han localizado en muchos ecosistemas marinos. Aunque
la prioridad que revelen esas mediciones sea la de incentivar
políticas internacionales de control del uso
de mercurio, los investigadores quieren advertir de
la amenaza que el pescado contaminado implica para la
salud humana, y reclama transparencia acerca del origen
y tipo de pescados que se ponen a la venta.
Todo esto no quiere decir que el pescado haya dejado
de ser la fuente más sana de proteínas
y de ácidos grasos omega-3. Sólo significa
que debemos ser especialmente escrupulosos para disfrutar
de esas virtudes.