
Algunos
no sufrirán jamás este proceso y otros
hasta lo envidian porque no poder sustraerse a las tentaciones
de la mesa les ha dado más de un disgusto. Pero
también son muchas las personas que van volviéndose
inapetentes con el paso de los años y, en consecuencia,
disminuyen sus ingestas de comida.
El proceso es bastante normal y, excepto en casos en
que se desencadena por un problema físico o psicológico,
o a resultas de un tratamiento médico, no debe
considerarse como patológico. Sin embargo, sus
derivaciones sí suelen tener efectos más
preocupantes. Porque de no imponerse unos mínimos,
la persona que deja de alimentarse suficientemente puede
llegar a padecer de malnutrición, carencias vitamínicas
y los efectos comunes de los trastornos anoréxicos.
Para combatir estos cuadros siempre es mejor la sutileza
y la táctica que los medios expeditivos. En primer
lugar hay que cobrar conciencia de que no tener hambre
no significa que nuestro organismo no necesite alimento.
Por eso hay que buscar la forma de seguir suministrándoselo
de la manera más hábil y correcta posible.
Uno de los consejos médicos más repetidos
es el fraccionamiento de las comidas. Hacer cinco o
seis al día, con cantidades más reducidas
de lo habitual, impide las sensaciones de empacho que
aquejan reiteradamente a los afectados por este trastorno.
Otro truco recomendado es servir los alimentos templados,
porque llenan menos que los calientes.
En el fondo, el especialista encargado de solventar
la inapetencia se ha de servir de diversas estrategias
de ese tipo para engañar a aquellas personas
a las que la sola idea de sentarse a la mesa les causa
fatiga. Buscar combinaciones que ofrezcan variedad y
poder nutricional sin aparentar ser grandes platos (frutos
secos, legumbres guisadas con carne, revueltos de huevos
y espárragos, etc.), descubrir qué alimentos
son los favoritos del paciente y tentarle con ellos
aunque sea entre comidas, no embucharle con líquidos
mientras come, pues hacen llegar antes la saciedad,
dar un toque aromático y cuidar la presentación
de los platos, factores que suelen despertar ganas de
comer y hacer algún tipo de ejercicio físico,
que también las estimulará.
En bastantes casos, la perseverancia en estas medidas
rescata al paciente y le devuelve su normal apetito.
Poco a poco se restituyen sus hábitos normales
y recupera el deseo de comer. Pero si no se obtiene
fruto tras tiempo de intentarlo, habrá que valorar
la posibilidad de emplear complementos dietéticos
encapsulados para evitar la desnutrición.