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Enfermedades como otras cualesquiera
17/05/2007

Si en nuestra cultura sufrir una enfermedad mental puede resultar embarazoso y en muchos casos tiende a padecerse con discreción, tener diagnosticado un trastorno mental es mucho más que eso: es un estigma, casi un tabú. Porque la asociación instantánea e ignara que muchos establecen entre quien está aquejado de una enfermedad mental y el estereotipo de loco que existe en nuestra sociedad hace especialmente dificultosa la aceptación y tratamiento de este género de problemas.

Un secretismo por temor a la marginación que no se corresponde en absoluto con el volumen real de afectados que organizaciones como el Colegio Europeo de Neuropsicofarmacología registran en los países del primer mundo. Porque cerca de un 50% de sus habitantes tiene a lo largo de su vida un trastorno de este tipo. Pero de ese total, sólo un porcentaje mucho más bajo acudirá al especialista y se pondrá en tratamiento. Una medida que, como reconocen los psiquiatras, en muchos casos podría aliviar los sufrimientos del paciente con cierta rapidez y que, en los casos más agudos, puede llegar a salvarles la vida. Hay que tener en cuenta que un 50% de los esquizofrénicos no siguen ningún tipo de tratamiento y que un 10% de ellos acaba suicidándose. Pero no hay que ir a casos psicóticos tan extremos: hasta un 15% de los depresivos toma la misma decisión.

Las asociaciones de psicoterapeutas o de la Red de Investigación de Enfermedades Mentales quieren hacer hincapié en la importancia de combatir la estigmatización y equiparar la dolencia mental a cualquier otro desarreglo orgánico.

Y recordar que la normalidad con la que dan ciertos problemas emocionales o afectivos que deben ser catalogados precisamente como trastornos mentales no justifica que sigan considerándose como una extrañeza, una rareza incómoda que resulta difícil de comunicar y admitir en sociedad. De hecho, romper con el oscurantismo puede ser el primer síntoma de mejora para aquellos que siente angustia, vergüenza y la injustificada culpa que un entorno a veces despiadado infunde a quienes flaquean.
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