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Piscinas: los baños tranquilos
26/06/2007

Dentro de unos días los más afortunados partirán de vacaciones, muchos con destinación a playas y costas. Pero tanto los que aún tengan que esperar su turno como los que pese estar cerca del mar no sienten excesivo amor por arenas y sales tienen una alternativa clara: la piscina. Por sus dimensiones y la vigilancia de socorristas es más fácil tener controlados a los niños, así como eludir la creciente acción de medusas y otras amenazas marinas. Pero para pasar un día en la piscina con completo desahogo también hay algunas cosas que conviene tener en cuenta.

Va por descontado que el sol quema igual en la piscina que en la playa, así que las instrucciones que hemos dado en otros artículos son igual de válidas.

Para empezar, tomémonoslo con calma: si es la primera vez que nos bañamos en una determinada piscina, comprobemos su hondura antes de lanzarnos. Cada año se producen lesiones graves de espalda por tocar fondo bruscamente. Y aún sin alardes acrobáticos, procuremos que las inmersiones no supongan severos cambios de temperatura. Entrar despacio por las escaleras puede resultar menos vistos, pero bastante más seguro, sobre todo después de comer o en días de temperaturas muy elevadas.

El uso de gafas también será preceptivo para los adeptos a sumergirse. La diferencia entre el ph ocular y el del agua, el uso excesivo de cloro o la presencia de agentes infecciosos provocan enrojecimientos, irritaciones y hasta conjuntivitis que pueden evitarse sin mayor incomodidad.

Los hongos y dermatofitosis son otras enfermedades que pueden fácilmente contraerse en medios húmedos.
El uso de chanclas para andar por los aledaños de la piscina o por las duchas es una forma fácil de mantenerlos a raya. Pero dado que no pueden desarrollarse sin humedad, secarse cuidadosamente los pies después del baño y antes de calzarse o lavar con frecuencia las toallas y no dejarlas medias mojadas en las bolsas son las fórmulas más eficaces de no dar cancha a ciertos indeseables organismos.

También tomar unas duchas antes de entrar en el agua es una medida de higiene y deferencia hacia los demás usuarios bastante elemental. Pero lo es para nosotros mismos después del baño: el cloro, además del olor que deja, y el sol resecan la piel. Primero una ducha y después una crema hidratante, también reparadora de los efectos del sol, la aliviarán.

Muchas veces quien escoge ir a la piscina lo hace por comodidad, por disfrutar de un baño más tranquilo y previsible, por no tener que disputarse un palmo de arena. Con estas ideas básicas y algunas otras - ir con cuidado con heridas abiertas (que desaconsejan el baño) e intentar no tragar agua- el objetivo se cumplirá con creces.
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