
Dentro
de unos días los más afortunados partirán
de vacaciones, muchos con destinación a playas
y costas. Pero tanto los que aún tengan que esperar
su turno como los que pese estar cerca del mar no sienten
excesivo amor por arenas y sales tienen una alternativa
clara: la piscina. Por sus dimensiones y la vigilancia
de socorristas es más fácil tener controlados
a los niños, así como eludir la creciente
acción de medusas y otras amenazas marinas. Pero
para pasar un día en la piscina con completo
desahogo también hay algunas cosas que conviene
tener en cuenta.
Va por descontado que
el sol quema igual en la
piscina que en la playa, así que las instrucciones
que hemos dado en
otros
artículos son igual de válidas.
Para empezar, tomémonoslo con calma: si es la
primera vez que nos bañamos en una determinada
piscina, comprobemos su
hondura antes de lanzarnos.
Cada año se producen lesiones graves de espalda
por tocar fondo bruscamente. Y aún sin alardes
acrobáticos, procuremos que las inmersiones no
supongan severos
cambios de temperatura. Entrar
despacio por las escaleras puede resultar menos vistos,
pero bastante más seguro, sobre todo después
de comer o en días de temperaturas muy elevadas.
El
uso de gafas también será preceptivo
para los adeptos a sumergirse. La diferencia entre el
ph ocular y el del agua, el uso excesivo de cloro o
la presencia de agentes infecciosos provocan enrojecimientos,
irritaciones y hasta conjuntivitis que pueden evitarse
sin mayor incomodidad.
Los
hongos y dermatofitosis son otras enfermedades
que pueden fácilmente contraerse en medios húmedos.
El uso de chanclas para andar por los aledaños
de la piscina o por las duchas es una forma fácil
de mantenerlos a raya. Pero dado que no pueden desarrollarse
sin humedad, secarse cuidadosamente los pies después
del baño y antes de calzarse o lavar con frecuencia
las toallas y no dejarlas medias mojadas en las bolsas
son las fórmulas más eficaces de no dar
cancha a ciertos indeseables organismos.
También tomar unas
duchas antes de entrar
en el agua es una medida de higiene y deferencia hacia
los demás usuarios bastante elemental. Pero lo
es para nosotros mismos después del baño:
el cloro, además del olor que deja, y el sol
resecan la piel. Primero una ducha y después
una crema hidratante, también reparadora de los
efectos del sol, la aliviarán.
Muchas veces quien escoge ir a la piscina lo hace por
comodidad, por disfrutar de un baño más
tranquilo y previsible, por no tener que disputarse
un palmo de arena. Con estas ideas básicas y
algunas otras - ir con cuidado con heridas abiertas
(que desaconsejan el baño) e intentar no tragar
agua- el objetivo se cumplirá con creces.