
La
salud dental es de aquellas cosas que más se
descuidan porque es de las que más pereza da
atender hasta que no resulta inevitable. La imagen de
abrir la boca en casa del dentista hace venir temblores
a hombres hechos y derechos, y los precios que a menudo
se facturan a su salida tampoco resultan un acicate.
Pero mucho mejor que esconder la cabeza y encomendarse
a dioses y santos para no tener que ir, es disponer
los medios para espaciar estas visitas. Y el fundamental,
por cotidiano, es una buena higiene dental.
Hoy, más o menos, se ha generalizado la costumbre
de lavarse los dientes tras cada ágape, pero
el problema es que bien a menudo no se invierte en ello
la suficiente atención y se hace incorrectamente.
Para empezar se ha de escoger un
cepillo adecuado.
Preferentemente de mango recto, no excesivamente grande
para que pueda llegar a todos los rincones de la boca.
Una dureza suave o media de las cerdas suele ser la
más conveniente, pues las duras pueden irritar
las encías y desgastar más la superficie
de los dientes (todo y una mayor capacidad limpiadora).
También hace falta observar que los haces de
fibras del cabezal sean espesos y abundantes y que estén
dispuestos a varios niveles, cosa que hará que
se adapten mejor a la superficie irregular del diente.
Las puntas redondeadas, un estándar que hoy cumplen
la mayoría de marcas, será el último
requisito que habremos de exigir. Eso, y no ser agarrados
cuando toque renovarlo.
Ya con una herramienta de estas características
empezaremos a cepillar de arriba abajo -encías
incluidas- los
dientes de la parte superior y
de abajo hacia arriba y por las dos caras las de la
parte inferior, repitiendo una docena a veces
el movimiento por cada pareja de dientes. La superficie
de las
muelas, además, se cepillará
circularmente.
Mientras que los
incisivos y caninos por su parte
interna serán objeto de especial atención,
cepillándolos como si barriéramos. También,
habremos de tener en cuenta la posición del cepillo
cuando actuamos, por ejemplo, sobre los dientes frontales
en su cara interior: sólo si lo mantenemos vertical
abarcará todas sus partes. Todo este proceso
se deberá llevar a cabo manteniendo el cepillo
con firmeza pero sin ejercer una presión desmesurada.
En último término no hemos de olvidarnos
de la lengua y de enjuagar la boca con agua una vez
hayamos acabado para así eliminar los restos.
Finalmente, el uso todavía poco extendido de
seda dental es uno de los secretos más
determinantes para desprendernos de los residuos más
molestos e impedir la formación de placa. Hace
falta, sin embargo, ser esmerado y paciente para aprender
a utilizarlo, no hacer sangrar las encías y conseguir
cierta rapidez mecánica en el procedimiento.
Con estas prevenciones, que tienen especial importancia
antes de irse a dormir, seguro que podremos burlar las
idas al dentista, que, por otra parte, gracias al progreso
de las técnicas ha dejado de ser en la mayoría
de casos una perspectiva aterradora.