
Uno
se altera, se disgusta, se arrepiente, se siente mezquino
y tampoco acostumbra a sacar mucho beneficio de ello.
No, no se trata de no mostrarse firme ante los atropellos
o de no defender los propios derechos con vehemencia
si es necesario. Hablamos de los arrebatos de ira, de
los enfados y prontos irracionales y de las discusiones
más agrias.
Porque según se describe en una investigación
publicada por el
International Journal of Psychophysiology,
el estés y el aumento de la tensión arterial
que comporta uno de esos episodios tarda más
de una semana en disiparse, aunque no nos demos cuenta
de ello: pasa el cabreo, pero en nuestro cuerpo sigue
resonando su eco.
Este estudio da cuerpo a la intuición de que
la irascibilidad tiene efectos negativos en nuestro
organismo y que éstos se prolongan en el tiempo
y hacen crecer el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares.
De hecho, una de las conclusiones más interesantes
del estudio es la constatación de que las personas
más propensas a enojarse
sufren un más
temprano endurecimiento arterial, mientras que la
liberación de las hormonas del estrés
causa compresión en los vasos sanguíneos
y sufrimiento cardiaco.
Ya sabe: la próxima vez que le busquen las vueltas,
piénselo bien, cuente hasta diez y no se deje
llevar por el instinto si no merece verdaderamente la
pena.