
Caídas
de la temperatura, resfriados que obligan a sonarse
pertinazmente y calefacciones que resecan las vías
respiratorias. El invierno presenta el panorama perfecto
para sufrir un molesto aunque rara vez muy problemático
episodio de hemorragia nasal.
Estos sangrados se producen porque la nariz tiene una
vasta pero también muy fina red de venas y capilares,
muy propensos a romperse ante cualquier alteración.
Hurgarse, una serie de estornudos, un golpe o una irritación
por inhalación de productos químicos,
todo ello acentuado por una sequedad ambiental que repercuta
en la de las paredes de las fosas nasales, puede desencadenarlos.
En la inmensa mayoría de casos, las hemorragias
remiten espontáneamente. Pero para atajarla con
la mayor diligencia posible ha de presionarse ligeramente
con el dedo sobre el lado de la nariz del que provenga
el flujo y, en casos persistentes, introducir en ella
con delicadeza una gasa con agua oxigenada. En las farmacias
también se venden productos que resultan eficaces
para cortar aquellos sangrados más irreductibles.
Si ni por esas se consiguen resultados, y han pasado
más de 20 minutos desde el comienzo de la hemorragia,
es el momento de acudir a un ambulatorio o servicio
de urgencias.
Y si hemos detallado las causas frecuentes que la provocan,
podemos deducir aquellas medidas que nos ayudaran a
prevenirlas. Sonarse sin brusquedad, estornudar sin
esforzarse en ello y no meterse el dedo u otros objetos
en la nariz serían las precauciones básicas.
El empleo de un humidificador en climas muy secos y
aplicarse jeringuillas de suero fisiológico o
lubricantes nasales formarían una segunda línea
de cuidados para las personas más sensibles y
que tengan precedentes que lo justifiquen.
Eso sí, si los episodios se repiten con excesiva
habitualidad, consulte a su médico, pues podría
tratarse de una hemorragia nasal posterior y sintomática
de algún otro trastorno de la salud.