
¿Qué
nos hace ser dichosos? ¿Qué circunstancias
nos infunden ese ánimo vitalista que hace de
la existencia una fiesta? Tiempo atrás ya observamos
que era difícil aventurar los motivos que componían
una sociedad feliz: lugares como Colombia o Cuba, pese
a sus problemas sociales o económicos, figuran
entre los más autosatisfechos del planeta.
El Informe de la Felicidad en España, elaborado
recientemente por Coca-Cola y asesorado por gente como
Eduardo Punset, trata ahora de hacer una radiografía
más cercana de las razones que pueden conducir
a una vida plena.
El
prototipo de individuo complacido seria indistintamente
hombre o mujer, entre 25 y 35 años, con pareja
estable y una renta sobre los 20.000 Euros anuales.
Además, hay más posibilidades de que sea
catalán, navarro, aragonés o extremeño
-autonomías que superan la media estatal- que
madrileño, murciano o asturiano, las comunidades
más desdichadas.
La salud, como era de imaginar, se encuentra
entre los valores más determinantes, aunque no
sea el único. Tampoco
el dinero, como
quiere el tópico, resulta la clave más
decisiva. Ingresos por encima de los 20.000 no suponen
más felicidad, aunque sí no estar en una
situación económica por debajo de la del
entorno.
Unas
buenas relaciones amorosas, una situación
laboral cómoda y sin problemas con el jefe, haber
recibido afecto en la infancia y no tener más
de quince minutos de trayecto entre casa y el trabajo
son otros de los rasgos recurrentes de quienes se declaran
más dichosos.
El sexo parece importar poco (no se aprecian diferencias
sustanciales entre hembras y varones), aunque si pueda
decirse que las mujeres son más viscerales. Es
superior su porcentaje tanto entre las que se declaran
muy felices como entre las que se sienten poco felices.
Sin embargo, todas estas aproximaciones no pueden dar
una respuesta inequívoca a las claves de la felicidad.
Y aunque la ciencia, mediante técnicas como las
resonancias magnéticas, pueda reconocer las alteraciones
del cerebro ante determinadas situaciones de gusto o
desagrado, su misterio último reside en cada
uno de nosotros.