
No
vamos a discutir a estas alturas lo que nos ha aportado
la telefonía móvil. Cada cual sabrá
juzgar sus bondades y servidumbres. Lo que resulta incontestable
es que su difusión nos ha alcanzado irreparablemente
a casi todos. Las actuales cifras dan un linea por habitante,
lo que también supone que cualquier problema
de salud derivado de su utilización se encontraría
entre las prioridades de las autoridades competentes.
Mucho se ha debatido, sin llegar a ninguna evidencia,
sobre los posibles efectos biológicos de un uso
abusivo del teléfono. Alteraciones cerebrales,
cardiovasculares, sexuales y hasta cancirígenas
han sido aducidas en algunos estudios, sin que se haya
podido probar de forma perentoria ninguna de ellas.
Sin embargo, sí que existen algunos indicios
y sospechas de otros problemas que podrían tener
una relación más clara con este hábito
todavía tan reciente (por lo que resulta imposible
conocer los posibles efectos a largo plazo). Por ejemplo,
los deterioros auditivos causados por la continua proximidad
del aparato al oido, o dolores de cuello debidos a posiciones
forzadas mientras se habla.
Sin embargo, el perjuicio más notable que están
detectando los especialistas tiene que ver con transtornos
de conducta. Porque la omnipresencia del móvil
no sólo ha quebrado algunas reglas antaño
elementales de urbanidad (hablar a voz en grito en lugares
público o interrumpir desconsideradamente conversaciones
para atender llamadas), sino que algunos de sus usuarios
se han convertido en adictos. Tanto que se vuelven irritables
si han de prescindir de él y no son conscientes
de la cantidad de tiempo que pasan absortos en sus llamadas.
Una atención compulsiva que, en cualquier caso,
interfiere en la vida y relaciones de quienes padecen
el transtorno.
Además, habría que añadir aquí
otros fenómenos que si bien modo indirecto tienen
en el mal uso del pequeño dispositivo su origen.
Su más claro ejemplo serían los accidentes
de tránsito provocados por distracciones o problemas
de coordinación mientras se sostenía el
móvil.
Todas estas constataciones inclinan a aconsejar un uso
moderado del móvil, y que éste nos aporte
comodidad, seguridad y nos sea liberador y no opresivo
o esclavizante. Hay además que valorar si los
más jóvenes tienen verdadera necesidad
de él, así como instruirles en su correcto
empleo. Y siempre tener en cuenta el carácter
intrusivo que puede provocar nuestra utilización
pública del móvil y hasta la contaminación
acústica que genera. Con sentido común
y mesura, la salud y las modernas facilidades de comunicación
estarán en buena armonia.