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Móvil: con un poco de sosiego
04/06/2008

No vamos a discutir a estas alturas lo que nos ha aportado la telefonía móvil. Cada cual sabrá juzgar sus bondades y servidumbres. Lo que resulta incontestable es que su difusión nos ha alcanzado irreparablemente a casi todos. Las actuales cifras dan un linea por habitante, lo que también supone que cualquier problema de salud derivado de su utilización se encontraría entre las prioridades de las autoridades competentes.

Mucho se ha debatido, sin llegar a ninguna evidencia, sobre los posibles efectos biológicos de un uso abusivo del teléfono. Alteraciones cerebrales, cardiovasculares, sexuales y hasta cancirígenas han sido aducidas en algunos estudios, sin que se haya podido probar de forma perentoria ninguna de ellas.

Sin embargo, sí que existen algunos indicios y sospechas de otros problemas que podrían tener una relación más clara con este hábito todavía tan reciente (por lo que resulta imposible conocer los posibles efectos a largo plazo). Por ejemplo, los deterioros auditivos causados por la continua proximidad del aparato al oido, o dolores de cuello debidos a posiciones forzadas mientras se habla.

Sin embargo, el perjuicio más notable que están detectando los especialistas tiene que ver con transtornos de conducta. Porque la omnipresencia del móvil no sólo ha quebrado algunas reglas antaño elementales de urbanidad (hablar a voz en grito en lugares público o interrumpir desconsideradamente conversaciones para atender llamadas), sino que algunos de sus usuarios se han convertido en adictos. Tanto que se vuelven irritables si han de prescindir de él y no son conscientes de la cantidad de tiempo que pasan absortos en sus llamadas. Una atención compulsiva que, en cualquier caso, interfiere en la vida y relaciones de quienes padecen el transtorno.

Además, habría que añadir aquí otros fenómenos que si bien modo indirecto tienen en el mal uso del pequeño dispositivo su origen. Su más claro ejemplo serían los accidentes de tránsito provocados por distracciones o problemas de coordinación mientras se sostenía el móvil.

Todas estas constataciones inclinan a aconsejar un uso moderado del móvil, y que éste nos aporte comodidad, seguridad y nos sea liberador y no opresivo o esclavizante. Hay además que valorar si los más jóvenes tienen verdadera necesidad de él, así como instruirles en su correcto empleo. Y siempre tener en cuenta el carácter intrusivo que puede provocar nuestra utilización pública del móvil y hasta la contaminación acústica que genera. Con sentido común y mesura, la salud y las modernas facilidades de comunicación estarán en buena armonia.
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