
Un
espectro recorre el verano y acecha desde las esquinas
de tortillas aparentemente sabrosas o de perfumadas
salsas. Es una bacteria que gusta de agazaparse en los
huevos, pero también en carnes, pescados o lácteos,
y que cada año se cobra su portazgo de intoxicaciones.
La subida de las temperaturas facilita su supervivencia,
y los mayores, niños o inmunodeprimidos son sus
presas favoritas.
La
salmonella es además un enemigo
silencioso: los alimentos que la acogen no cambian de
sabor u olor y nada hace sospechar su presencia a simple
vista. La falta de higiene en la manipulación
de los alimentos o la persistencia de restos mal lavados
en el menaje son las principales causas de su propagación.
Por consiguiente, las medidas de limpieza en la cocina
y la desinfección de utensilios son el primer
pilar para evitar percances.
Los alimentos crudos también son más vulnerables,
otro de los motivos de la especial belicosidad veraniega
del bacilo, por lo que la cocción a altas temperaturas
o en su defecto la correcta conservación en frío
reducen en buena medida las probabilidades de infección.
Además, el uso de huevos pasteurizados o no tener
los pinchos y raciones sobre la barra hará que
los bares estén menos expuestos y dejen de ser
el foco principal de contaminación de la no sin
fundamento terrible salmonelosis.
Por su parte, las asociaciones de consumidores aconsejan
rechazar tapas dudosas y bocadillos callejeros o que
se extremen las precauciones con determinados alimentos.
Ser más escrupuloso con las fechas de caducidad
y condiciones de conservación de los alimentos
son otros de los patrones que hay que seguir mientras
dure el calor.
Si pese a todo empezamos a sentirnos mal -los periodos
de incubación de la salmonelosis son muy variables
y pueden alargarse hasta 5 o 6 días- y nos sobrevienen
dolores abdominales, diarrea, nauseas y vómitos,
será conveniente que acudamos con diligencia
al médico para que nos haga un diagnóstico
y nos recomiende la mejor forma de reponerse.