
No
extrañará a nadie que los especialistas
en estética lo hayan empezado a llamar así,
porque el presidente de Francia podría encarnar
a la perfección sus principales rasgos.
Se trata de varones maduros, con presencia social y
recursos que recurren a la cirugía o a soluciones
cosméticas avanzadas para no desentonar al lado
de sus parejas más jóvenes y atractivas.
En algunos casos eso les supone un sufrimiento emocional
que les lleva a tratar de reparar su inseguridad en
el quirófano.
El prototipo de afectado por esta alteración
es un hombre entre 40 y 55 años, de posición
acomodada, cierta proyección pública y
que o bien se han separado y buscan pareja o la que
tienen es bastantes años menor. La demanda de
bótox o el incremento de intervenciones estéticas
que se ha producido en los últimos años
vendrían a confirmarlo.
Las terapias faciales figuran entre las más demandadas,
si bien la ginecomastia (reducción del tejido
pectoral), las liposucciones o los trasplantes de pelo
también viven un momento boyante. Por lo común,
los tratamientos que escogen son aquellos que no les
exigen bajas laborales, no les suponen dilatados esfuerzos
y les permiten rapidez y también discreción
en la mejora. Porque si va venciéndose el tabú
de los hombres que cuidan de su aspecto, aún
existe cierto pudor a las grandes transformaciones.
Blefaroplastias, grabado abdominal y hasta alargamiento
de pene son parte del paquete con el que hombres con
dinero y poder tratan de hacerse más deseables.
Sin embargo, la cifra de operaciones de esa índole
que se producen al año en Europa apunta también
a una creciente desinhibición masculina cuando
de embellecerse se trata.
Con todo, si esa voluntad es elogiable, los extremos
a los que apuntábamos al hablar del síndrome
Sarkozy suelen acarrear desequilibrios a los que es
mejor no abandonarse. La presión del culto a
la juventud y la imagen puede ser muy fuerte, pero seguramente
resulte más atractivo un hombre que sabe envejecer
sin angustia y llevar sus años con elegancia.